LA INDESTRUCTIBLE GYPSY, INCREIBLE PERO CIERTO

Gypsy Markoff era integrante de las caravanas artísticas que viajaban al frente, durante la Segunda Guerra Mundial. Aunque muchos solo participaban en una gira, ella era artista frecuente en los peligrosos viajes a lugares lejanos y revueltos. Muchas veces estuvo en riesgo, pero continuó pues sus ángeles estaban cerca de ella para protegerla.
En la nochebuena de 1945 Gypsy se encontraba en Kobe, Japón. Después de su actuación se fué a descansar, pues al día siguiente tendría mucha actividad. Estaba cabeceando en su cama cuando una hermosa joven apareció junto a ella. La joven le pidió que se levantara, y Gypsy obedeció. Con la ayuda de este ángel se levantó y se vistió a toda prisa, y se encaminó a la salida…Los candiles del edificio comenzaron a moverse, Gypsy aceleró el paso, y tan pronto salió de alli, el lugar colapsó.
El terremoto continuaba, causando bastantes daños. Gypsy corrió por la calle siguiendo a su ángel, que la alejaba de los edificios que caían a derecha e izquierda. Por fín llegaron hasta una sólida puerta, y el ángel le dijo que se quedara ahí hasta que todo terminase, entonces desapareció. Gypsy obedeció y aguardó en ese umbral hasta que el terremoto terminó. Hacía frio, y Gypsy enfermó y fue llevada al Tokyo General Hospital, donde se recuperó completamente.
En ese mismo hospital la visitó el famoso general Douglas McArthur, quien, despues de enterarse de los muchos riesgos que Gypsy había corrido durante su carrera artística, la apodó “la indestructible Gypsy”. Gypsy continuó en las giras hasta que éstas terminaron, y siempre agradeció la protección celestial de sus ángeles

 
LOS ANGELES EN EL RIO, INCREIBLE PERO CIERTO

Contesa Gypsy Amaya de Santurce, Puerto Rico, recuerda una experiencia extrema que tuvo en 1943.
Eran tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y el ejército contrataba artistas para que viajaran en caravanas hasta las zonas en guerra, para alegrar un poco la dura vida de los soldados. Contesa tocaba el acordeón y cantaba, bajo el nombre artístico de Gypsy Markoff, y fué contratada para esas giras.
Viajó asi hasta los frentes mas lejanos, en una ocasión el avión en que viajaba la caravana tuvo que aterrizar de emergencia en Portugal. Por mas que lo intentó, el piloto no pudo evitar que se estrellaran en el río Tagus.
Gypsy se encontró de pronto bastante malherida, enmedio de restos retorcidos que amenazaban con golpearla en las aguas turbulentas, además no sabía nadar. En ese momento de pánico rezó desesperada, y sintió como la sostenían en el agua, y los filosos y pesados restos de avión flotaban alejándose de ella. También percibió tenues formas luminosas junto a ella, diciendole que todo estaría bien. Estaba oscuro, pero la luz de estos angeles se hizo mas brillante, iluminando el lugar donde Gypsy flotaba. Así fue vista por unos pescadores, que acudieron en su ayuda y la llevaron al hospital militar mas cercano.
Gypsy se recuperó de sus fracturas sin ninguna complicación, y llena de gratitud y fe continuó con su labor.

 
EN LA BELLA DONOSTIA

En la ciudad de Donostia, en el país Vasco, vivían Pedro de Laurtun y Maria de Lordi.

Pedro y María se amaban, pero él era huérfano y muy pobre, y al parecer no tenía porvenir en Donostia, por eso los padres de María no veían con buenos ojos su relación con él, y se oponían a una posible boda. Por eso se veían a escondidas a orillas del Urumea, el hermoso río que corre cerca de Donostia. Una tarde que paseaban a las márgenes del río Pedro, ya desesperado, propuso que escaparan y se casaran sin el permiso de los padres de María.

María amaba mucho a Pedro, pero también quería mucho a sus padres, y no quiso causarles el dolor y la verguenza de una fuga asi. Además, María estaba muy unida a la comarca en que había nacido, y sentía que no podría vivir feliz en ningun otro lugar.  Apesadumbrada pero firme, María se reusó.

Pedro no tomó bien su negativa, no comprendió sus motivos. Cegado por los celos pensó que ella se reusaba porque ya no lo amaba, porque se había enamorado del huesped que vivía en su misma casa, el ilustre y próspero Luis de Bidanay, llegado desde Francia para negociar y conocer la región donde sus antepasados habían vivido brevemente.

Furioso, Pedro se marchó dejando a María con la palabra en la boca. Estaba decidido a marcharse de Donostia para siempre, embarcarse a tierras lejanas y buscar fortuna y otra mujer en el extranjero. Reunió sus escasas pertenencias y se dispuso a emprender el camino hacia el puerto mas cercano.

Pero antes pasó por la calle donde vivían los Lordi, a volcar su rabia y amargura como despedida. Tocó a la puerta y María abrió, en el umbral Pedro le informó sin más que se marchaba para siempre, que ella podía quedarse tranquila a desposar a Don Luis y ser feliz gozando de sus bienes. María le replicó que las vascas debían recibir con hospitalidad al extranjero que se había hermanado con el país, que ese era el caso de Luis de Bidanay, cuyos antepasados habían peleado valientemente junto a los caballeros vascos de Roncesvalles. También aclaró a Pedro que aun lo amaba, aunque él no lo mereciera por su falta de confianza, sus celos absurdos y sus arranques caprichosos.

María también le rogó que no se marchara a peligrar lejos de ahí, en regiones agrestes y hostiles, lejos de su hermosa patria. Al ver su preocupación, Pedro recapacitó, y contestó que él también amaba Donostia, y no podría ser verdaderamente feliz lejos de su tierra y lejos de ella. Se reconciliaron, y entonces María le dijo que había logrado convencer a su madre para que intercediera por ellos, y que finalmente su padre había accedido al matrimonio.

Pedro se quedó en Donostia, logró hacer un pequeño capital y se casó con María, ambos tuvieron hijos y lograron ser felices juntos hasta el fin de sus vidas. 

 
Leyendas y Milagros de San Virila
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Los milagros de San Virila 

0. La Leyenda de San Virila.

 Una tarde de primavera, en el siglo X, el Abad del monasterio de Leyre, llamado Virila, decidió dar un paseo por el magnífico bosque que rodea al monasterio. Fatigado tras la marcha, se sentó a descansar juntó a una fuente, y entonces escuchó el cantar de un pájaro. Era tan bello ese canto, que el abad quedó absorto y maravillado.

Cuando regresó al monasterio, se sorprendió de no reconocer a los monjes ni de que nadie supiese quién era. Al decir que era Virila, el abad, alguien quiso recordar algo oído de tiempo atrás. Buscaron en los archivos del monasterio, y hallaron que efectivamente, Virila había sido abad, pero hacía 300 años, y que había desaparecido en el bosque. Sólo entonces, Virila se dio cuenta que había permanecido todos esos años en éxtasis en la sierra.

Esta historia está parcialmente documentada. Es verdad que existió un abad llamado Virila, y también se puede acreditar el culto al santo desde hace muchos siglos. Hoy en día, el monasterio es muy visitado y aunque reconozco su belleza, yo prefiero el pequeño sendero que nos conduce hasta la fuente. 

1. Milagro del escéptico necio.

 El incrédulo le pidió a San Virila que hiciera algún milagro para poder creer. San Virila se resistía un poco: él no creía en los incrédulos. Pero tanto insistió el escéptico que el santo cedió al fin. Hizo un movimiento con su mano y la aldea entera se elevó por el aire hasta quedar flotando como una nube sobre el valle. Aquello, claro, fue un gran desbarajuste. Y no es de extrañar: los santos suelen causar grandes desbarajustes. La gente ya no salía de sus casas, temerosa de caer en el vacío: los huevos que ponían las gallinas rodaban por la calle y se perdían. En fin, un verdadero caos. 

¿Qué clase de milagro es éste? –clamaba el incrédulo con desesperación-. 

Es un milagro necio –le dijo San Virila-. Para un escéptico necio, un milagro necio. Ojalá te aproveche la lección: el milagro que uno pida sólo será milagro si no hace daño a nadie. 

2. Milagro de la piedra.

 San Virila salió de su convento muy temprano y tomó el camino de la aldea. El campo estaba lleno de flores; brillaba el sol; las muchachas lavaban sus largas cabelleras en el río. A lo lejos se oían los gritos y risas de los niños que iban a la escuela.
En eso se desprendió una enorme piedra de lo alto del monte. Iba a aplastar a una mujer que caminaba con su pequeño hijo, pero Virila hizo un movimiento de su mano y la gran roca se detuvo en el aire, y luego descendió muy lentamente hasta posarse en tierra sin hacer daño a nadie.

-¡Gracias, padre! -clamó la mujer-. ¡Qué gran milagro has hecho!

San Virila volvió la vista al valle; miró las flores, el sol y las muchachas; oyó otra vez las voces de los niños.

-El Señor hace milagros -dijo-. Yo nada más hago trucos.

¡Hasta mañana!...
 

3. Milagro de las 24 horas. 

San Virila salió de su convento muy temprano y echó a andar por el camino que conducía a la aldea. Apenas empezaba a amanecer: la primera luz del alba iluminaba con tenue resplandor el lejano perfil de la montaña.

Al acercarse al pueblo alcanzó a un hombre. Este lo reconoció y le pidió un milagro. Todos le pedían un milagro a San Virila.
-¿Cuántas horas va a tener este día? -le preguntó el santo-.
 Respondió el hombre:  

-Tendrá 24 horas, como todos.  

-Ahí tienes 24 milagros -le dijo entonces San Virila apresurando el paso-. No los desperdicies.
 

El hombre, que no era tonto, supo que el santo le había dicho la verdad. Se entristeció por todos los milagros que había desperdiciado a lo largo de su vida, pero se alegró también por los milagros que aún tenía frente a sí. 

4. Milagro de las aguas del río 

-  Como los habitantes de Marburgo se negaban a creer, San Virila hizo un milagro: alzó su mano y las aguas del río comenzaron a fluir hacia arriba. Entonces los habitantes de Marburgo se convirtieron a la religión. Días después, Virila visitó la impía ciudad de Glazinger, cuyos pobladores se revolcaban en el fango de la depravación. Largos días les predicó, para iluminar las caliginosas tinieblas de sus almas con la luz salvadora de la fe. Pero ellos lo oían como quien oye no llover. Desesperado, San Virila hizo un ademán y el sol detuvo su curso en las alturas. Viendo aquel prodigio los pecadores cayeron de rodillas y a grito abierto imploraron el bautismo de la salvación. 

-Grandes milagros haces, maestro bueno -decían a San Virila sus discípulos-.

Pero él les respondía con tristeza: 

-Jamás podré hacer el milagro mayor: que los hombres crean en Dios sin necesidad de ver milagros. 

5. Milagro de los pantalones 

El incrédulo le pidió a San Virila algún milagro para poder creer. 

San Virila hizo un movimiento con su mano y al incrédulo se le cayeron los pantalones. Toda la gente se rió de él.

 

-Ese no es un milagro -dijo mohíno el hombre al tiempo que se levantaba los pantalones.

 

-¿Ah no? -sonrió el santo-. ¿Qué es un milagro?

 

Contestó el hombre, atufado:

 

-Milagro es, por ejemplo, mover una montaña.

 

Le replicó Virila:

 -No hay diferencia alguna entre mover milagrosamente una montaña y mover milagrosamente un pantalón. Milagros son milagros. Si no quieres de unos no pidas de otros. 

6. Milagro de las cinco misas. 

Aquella mañana San Virila dio de comer a un perrillo vagabundo que llegó a las puertas del convento. Luego visitó a un hombre enfermo. En seguida escuchó a una pobre anciana solitaria que no tenía a nadie con quien hablar. Después consoló a una niñita que lloraba. Por último se puso a ver desde la ventana de su celda la hermosura del paisaje. Lo interrumpió el hermano Ambrosio. -Padre -le dijo-, me manda el superior a preguntar a Vuestra Reverencia si ya dijo su misa. -Sí, -contestó sonriendo suavemente San Virila-. Comunícale que ya dije cinco misas. 

7. Milagro de la niña en el camino 

Camino de su convento iba San Virila. El día era de los más crudos del invierno; soplaba un viento frío y parecía el cielo una sólida plancha de congelado plomo.  Temblaba San Virila al caminar, envuelto sólo en la delgada tela de su hábito de monje. En eso vio a una niña que iba también por el camino. Sus pies descalzos se hundían en la nieve. Hizo San Virila un ademán y del cielo bajó un rayito de sol que cubrió a la pequeña y le dio su luz y su calor. Conforme la niña iba avanzando aquel rayo de sol derretía la nieve y ponía en el camino un mullido césped como alfombra para los pies de la niñita.  Vieron aquel milagro lo aldeanos y preguntaron con asombro a San Virila:  

-¿Por qué no traes otro rayo de sol para ti, y otro para cada uno de nosotros?  

Y respondió Virila:  

-Un milagro, si se repite mucho, deja de ser milagro 

8. Milagro de la catedral 

San Virila dijo a los incrédulos que en el centro del pueblo levantaría una catedral.

 

Se rieron los infieles. ¿Dónde estaban los albañiles? ¿Dónde la piedra y la madera? ¿Dónde los planos de los arquitectos?

 

San Virila se arrodilló y se puso en oración para pedir a Dios el milagro de una catedral.

 

De pronto se abrió la bóveda celeste y descendió a la tierra una miríada de ángeles: ángeles albañiles. ángeles carpinteros, ángeles escultores, ángeles vidrieros. Traían consigo grandes piedras, y vigas, y hermosas láminas de cristal, versicolores y brillantes.

 

Y comenzaron a trabajar los ángeles, y en unos minutos plantaron los cimientos, y las paredes del majestuoso templo comenzaron a surgir.

 

Pero en eso llegó una caterva de funcionarios que atosigaron a San Virila con preguntas. ¿Tenía permiso para la construcción? ¿Los planos fueron aprobados? ¿Pertenecían los ángeles al sindicato? ¿Estaban asegurados? ¿Se habían pagado los impuestos, cuotas, derechos, alcabalas, aprovechamientos, arbitrios, gravámenes, tributos, cargas, gabelas, censos y contribuciones?

 

No se hizo la catedral, naturalmente. Quedaron abandonados los cimientos y en ruinas las paredes. Después los infieles se burlaban de San Virila.

 

-¿Lo ves? -le decían- No existen los milagros.

 9. Milagro del incrédulo 

El incrédulo le pidió a San Virila que hiciera un milagro para poder creer.

 

-¿Qué clase de milagro quieres? -le preguntó el santo.

 

-El que sea -respondió con desafiante voz el hombre-. Basta que sea un milagro.

 

San Virila hizo un ademán y el escéptico quedó convertido en mosca. Rió la gente, y San Virila se sonrió también viendo a la mosca que revolaba en torno suyo. Entonces hizo otro ademán y el hombre volvió a su ser normal.

 

-Una cosa has aprendido -le dijo San Virila-. Antes de pedir un milagro debemos pensar muy bien el milagro que vamos a pedir.

 

El hombre cambió. No se volvió creyente, pero sí se hizo un poco menos tonto. Y eso, tratándose de cualquiera, es un milagro.

 10. Milagro de escuchar. 

Los aldeanos se conmovieron al ver aquel prodigio: en medio del campo, de pie sobre una roca, estaba predicando San Virila. Lo escuchaba una devota congregación de bestezuelas: ciervos del bosque, conejos y ardillas de los prados, aves que suspendieron su vuelo para oírlo, peces que sacaban del río sus cabezas doradas y plateadas, como en una pintura de Giotto.

 

-¡Milagro! -prorrumpió la muchedumbre.

 

Los hombres y las mujeres de la aldea se reunieron en torno de Virila, y escucharon en silencio su predicación.

 

Bajó la vista el santo, y miró a la gente que lo oía con atención igual a la que ponían las criaturas animales. Al ver eso San Virila gritó también:

 

-¡Milagro!

 11. Milagro del gatito 

Iba San Virila por una calle de la aldea cuando vio a un gatito sin dueño que tiritaba de frío entre la nieve. Se conmovió el santo con el sufrimiento de aquella bestezuela. Dijo en silencio una oración y del cielo bajó un rayito de sol que calentó al minino.

 

Continuó su camino San Virila. El también tiritaba: sus hábitos de pobre no le daban calor ni lo cubrían. Le preguntó una anciana:

 

-¿Por qué no haces el milagro de que otro rayo de sol baje para ti?

 

Respondió San Virila:

 

-Cuando el milagro lo haces para ti ya no es milagro.

 

Entendió la mujer: el milagro más grande que hay es el amor sin egoísmo.

 12. Milagro del loco  

San Virila iba por las calles del pueblo.

 

En el pueblo las gentes se persignaban al pasar frente a la iglesia.

 

San Virila no.

 

San Virila se persignaba al pasar frente a la casa de la viuda que sufría de soledad y de pobreza. San Virila se persignaba ante el mendigo astroso y desgarrado que pedía limosna en una esquina. San Virila se persignaba cuando pasaba el niño del que los otros se burlaban porque no tenía papá.

 

Y las gentes se sonreían viendo que San Virila no se persignaba al pasar frente a la iglesia, y que se persignaba ante los hombres y ante el cielo.

 

Y decían las gentes:

 

-Está loco.

 13. Milagro del escepticismo 

En tono desafiante le dijo a San Virila aquel incrédulo:

 

-A ver: hazme un milagro.

 

La gente de la aldea aguardó llena de expectación. Alzó una mano San Virila y descendió de lo alto una hermosa paloma blanca que revoleó sobre el incrédulo un instante y luego le dejó caer una caca en la cabeza. Con grandes risotadas se burlaron los aldeanos del descreído, y éste se fue mohíno y atufado.

 

Tomó San Virila el camino que llevaba a su convento. Cuando estuvo lejos del pueblo se detuvo, levantó al cielo la mirada y dijo:

 

-¡Lo que tenemos que hacer, Señor, para combatir el escepticismo de los hombres!

 14. Milagro de los novicios 

San Virila se sentó en su lugar, el último en la gran mesa del refectorio conventual.

 

Habían llegado seis novicios nuevos. Todos habían oído hablar de los milagros que hacía San Virila.

 

-Padre -se atrevió a decir uno-. Háganos usted un milagro.

 

Respondió con una sonrisa San Virila:

 

-Después de la comida hablaremos de milagros.

 

Se sirvió la humilde pitanza del convento: la sopa de lentejas; el potaje de habas; el blanco pan y el queso; el vaso de agua clara.

 

Al terminar de comer se persignó San Virila, dio gracias a Dios y se levantó para seguir sus trabajos en el huerto.

 

-Padre -le preguntó el novicio-. ¿Y el milagro que nos iba a hacer?

 

-El milagro nos lo acabamos de comer -sonrió otra vez San Virila-. El pan de cada día es un milagro.

 15. Milagro del albañil 

Pasaba San Virila junto a la catedral en construcción cuando uno de los albañiles perdió pisada en lo alto y se precipitó al vacío. El santo oyó su grito, hizo un ademán, y el hombre vino al suelo con suavidad, oscilando como una pluma de ave, y llegó abajo sano y salvo.

 

Miró un incrédulo el prodigio y comentó con burla:

 

-Eso no es un milagro: eso es un truco.

 

-También lo hago al revés -le dijo San Virila. Hizo otro ademán y el hombre salió disparado hacia el cielo como un cohete, y se perdió en las nubes.

 

-No se inquieten -tranquilizó Virila a los asustados aldeanos-. Esperaré su regreso y lo haré descender como una pluma, igual que al otro. Entonces ya no le importará saber si lo que hago es un truco o es un milagro.

 16. Milagro de las criaturas. 

En la plaza del pueblo un incrédulo detuvo a San Virila y le pidió un milagro.

 

Andaba de buen humor el santo, y cuando los santos andan de buen humor es cuando hacen más milagros. Así, levantó la mano, y la plaza se llenó de pájaros canoros, de mariposas coloridas, de miríadas de insectos voladores. Trinaban los pájaros, danzaban las mariposas en el aire y zumbaban los insectos en perfecto contrapunto.

 

-¡Milagro! -gritó el incrédulo junto con todos los aldeanos.

 

Y dijo San Virila:

 

-Cada criaturita de éstas es un gran milagro. Milagro es el gorrión, milagro la mariposa, milagros la abeja y la chicharra. Lo único que hice fue juntarlos para que ustedes, ciegos a los milagros de cada día, los pudieran ver. Ahora regresaré al convento y rezaré a fin de que el Señor me haga el milagro de abrirles los ojos, para que puedan ver que todo en la vida es un milagro, que toda vida es un milagro.

 17. Milagro de la flor montesa 

San Virila salió de su convento esa mañana. Iba sonriendo: acababa de rezar los maitines de Nuestra Señora -era día de la Asunción-, y las oraciones marianas siempre le dejaban el alma anegada en alegría.

 

Al ir por el camino vio una flor. Era una humilde flor montesa, pero semejaba un joyel: tenía una gota de rocío en la corola, y al sol la gota se irisaba igual que el brillo de un diamante. El primer impulso de San Virila fue cortarla para ofrecerla a la Virgen en su altar, pero pensó que la pequeña flor se veía mejor así, en el campo, viva y abierta a la luz del sol de Dios.

 

Cuando volvió en la tarde a su convento San Virila se sorprendió al ver el monte lleno de flores, igual que un cielo cuajado de estrellas de colores. La pequeñita flor se había vuelto mil; el monte todo era un florido altar. Abrió los brazos el buen monje y alabó a la Virgen, y fue su propio corazón como una flor abierta en el crepúsculo a la luz del sol de Dios.

 18. Milagro de la piedra y el pájaro 

San Virila no podía convencer a los incrédulos. Le dijeron:

 

-Haz un milagro y creeremos.

 

Se alejó el santo con tristeza: aquellos hombres no querían fe, querían circo. Entonces uno de la turba tomó una piedra y se la arrojó. Le iba a pegar en la cabeza, pero poco antes de llegar la piedra se convirtió en un pájaro que se posó en el hombro del buen fraile. San Virila lo tomó en su mano, le acarició las plumas de la cabecita y lo puso después sobre la tierra. Ahí el pájaro fue piedra otra vez.

 -Es un milagro el pájaro y es un milagro la piedra -les dijo San Virila a los incrédulos-. Toda criatura del mundo y toda cosa son fruto de un gran milagro que cada día se renueva. Los que quieren ver más prodigios a más de ése son ciegos que nada pueden ver.  

19. Milagro de las tinieblas de la noche 

Los incrédulos le pidieron a San Virila un milagro para poder creer. El santo hizo un movimiento con su mano y las tinieblas de la noche apagaron el esplendor del día.

 

Los escépticos cayeron de rodillas y le pidieron entre lágrimas que les volviera otra vez la luz del sol.

 

Hizo él un segundo movimiento, y de nuevo brilló la claridad.

 

-Estos que ustedes llaman milagros -dijo a la multitud- son cosas que vemos cotidianamente. A la luz del día suceden las sombras de la noche. Todo lo que sucede en torno nuestro es un milagro que ni siquiera vemos. El mayor milagro sería que aprendiéramos a ver los milagros que nos rodean.

 

Se volvió San Virila a su convento. Iba muy triste, pues todos los que habían creído cuando llegaron las tinieblas dejaron de creer cuando otra vez vieron la luz.

 20. Milagro pequeñito 

Los incrédulos le pidieron a San Virila que hiciera algún milagro para poder creer.

 

-¿Qué clase de milagro quieren? -les preguntó Virila.

 

-Uno muy grande -respondieron ellos.

 

-Todos los milagros son grandes -les dijo San Virila-, aun los más pequeños. Haré, entonces, un gran milagro pequeño.

 

Tomó un poco de barro en su mano, le dio la forma de un gusanito y luego sopló sobre él. Cobró vida el barro, y trepó el gusanito por el brazo de San Virila para esconderse bajo la manga de su hábito.

 

-Demasiado pequeño es el milagro -habló, burlón, uno de los escépticos-. Nuestra fe, por lo tanto, será también pequeña.

 

San Virila le contestó:

 

-La fe no es del tamaño del milagro. La fe es del tamaño del corazón de quien la tiene. Y cuando la fe se lleva en el corazón ni siquiera necesita de milagros.

 
 
PLATON

Nació en 427 AC, en Atenas, Grecia, y murió en 327 AC, en la misma ciudad. Era hijo de una familia rica y aristocrática, por lo que recibió una esmerada educación. Fué poeta, y en su casa se reunieron por tal motivos artístas y jóvenes aristócratas como él. Conoció a Sócrates y se volvió filósofo, dejándo atras su vida de reuniones sociales.
Después de la muerte de su maestro Sócrates, Platón viajó mucho por Grecia, e incluso llegó hasta Egipto, donde entró al culto de Isis, para luego llegar a ser un Inciado. De regreso en Atenas fundó la llamada Academia de Atenas, en donde enseñó cosmogonía y esoterismo. Su filosofía quedó en los llamados dialogos, como “Fedro”, “El Timeo”, “El Banquete”, etc. En ellos habla de la existencia del alma, de su evolución y la reencarnación como algo natural y lógico en la vida y la naturaleza. Platon dijo “Lo ideal es una moral, una filosofía y la acción a la vez que la Iniciación, que es solo una accion, una presencia sublime de la verdad”
La Escuela Platónica se extendió por varios países y tuvo auge en Alejandría. Esta escuela plantea la problematica de que es la verdad, y que es el alma, ya que la percepción sensorial no es verdaderamente real, en cambio los logros mentales o del pensamiento son la única realidad y los objetos productos del hombre son efecto del pensamiento, así como en la naturaleza vemos los efectos del pensamiento de Dios. Por tanto, son las matemáticas, el pensamiento de belleza, armonía, bondad y justicia la verdadera realidad. El pensamiento trascendente logra entender lo que es el bien, cuando en él hay el recuerdo de vidas anteriores. Pierde esta noción cuando se dedica al mal en perjuicio propio y ajeno.
Mucha de esta filosofía sigue vigente hoy, que se redescubren conceptos como el de la naturaleza mental de Dios y el Universo, que la física cuántica describe una realidad hecha mas de energía que de materia.

 
LA VOZ DE CRISTAL, INCREIBLE PERO CIERTO

En 1951, cuando tenía solo 5 años de edad, Caroline Austman vivió una extraña experiencia.
Estaba de paseo con su familia en la famosa Bear Cave de California, cuando se rezagó un poco del grupo, entonces, antes de que se reuniese con ellos escuchó una voz parecida a “una campana de cristal” diciéndole:
-Pideles que saquen otra fotografía antes de irse
Caroline miró hacia arriba y vio una hermosa figura con cabello largo y suave, vestida con un manto plateado, y rodeada de luz celestial. El ser luminoso insistió:
-Es muy importante, di a tus padres que deben tomar otra fotografía de Bear Cave antes de irse
El ángel desapareció, pero Caroline le obedeció. A pesar de que la familia ya estaba en la camioneta insistió en que se tomaran otra foto. Se hacía tarde, y ya tenían casi un rollo completo de fotos, así que le costó bastante convencerlos. De hecho su padre se enfadó, y aun ahora Caroline se pregunta como no la regañaron e ignoraron su petición. Aunque a regañadientes, todos bajaron y la fotografía se tomó. Por supuesto, todo esto los retrasó bastante, y no se marcharon a la hora planeada.
Cuando llegaron al camino principal se toparon con un terrible accidente en el que varios coches habían quedado completamente destrozados. Mientras llegaban ambulancias a socorrer a los heridos y se reanudaba el tráfico, su padre bajó a averiguar lo sucedido con los policias. Al regresar estaba pálido. Si hubieran partido de Bear Cave cuando planeaban, hubiesen estado entre los accidentados, y muy probablemente habrían muerto.
Caroline ya no volvió a ver al ángel, pero si ha escuchado su voz en otras ocasiones en que necesitó ayuda, por eso no duda de la existencia del Cielo ni de la protección de Dios.

 
EL PENITENTE

Hace tiempo en el país Vasco se acostumbraba que a medianoche salieran los penitentes, descalzos y con la espalda descubierta, llevando unos pequeños látigos para azotarse. Rodeaban el pueblo en que vivían hasta llegar a la puerta, donde solía haber una imagen. Ahi oraban y se azotaban hasta que sus espaldas quedaban en carne viva y sangraban. Esto resultaba tan sobrecogedor que los vecinos madrugadores se alejaban de ellos, impresionados y hasta asustados.

En un pueblo de la costa el mas madrugador era un pescador llamado Chili. Era el encargado de ir hasta la atalaya, mirar como estaba el mar ese día, y avisar a los demás pescadores si el buen tiempo les permitía trabajar, y debían levantarse inmediatamente, o si el temporal no les dejaría salir del puerto, y podían dormir otro poco.

En una ocasión Chili y sus compañeros hablaban de los penitentes, del miedo que llegaban a causar. Chili se burló asegurando:

-¡Es de cobardes asustarse asi! ¡si el mismo diablo vestido de penitente se me apareciera, no escaparía, hasta lo acompañaría si lo pidiera!

Los otros pescadores se persignaron ante la bravata, y Chili rió aun mas burlón.

Esa madrugada, como de costumbre Chili fue hasta la atalaya para ver el mar, y mientras oteaba la costa vió venir una sombra mas negra que la penumbra, que le dijo:

-Oye, muchacho, quiero llegar al lpie del monte Oíz antes del amanecer, y no se el camino, ¿me acompañas?

Distraido, Chili le constestó:

-No se puede llegar ahi tan pronto, no cuentes conmigo-

-Ayer prometiste que acompañarias a cualquier penitente, si tienes palabra, ven conmigo.

Molesto, Chili replicó:

-¿ y quien avisará a los pescadores que pueden salir al mar?

-De eso no te preocupes, porque el temporal no le permitirá pescar hoy.

Entonces Chili vió que en efecto el oleaje se hacía cada vez mas agitado, asi que accedió finalmente. Empezaron a caminar los 2 y rodeando las murallas de la villa llegaron bajo el arco de San Pedro. Chili le dijo entonces al penitente:

-bueno, ahi tienes una imagen

Pero el penitente ni siquiera se detuvo, y continuó caminando cada vez mas rápido. Pronto llegaron a otra puerta y otra imagen, y como el penitente tampoco parecía querer detenerse, Chili le comentó burlón:

-Si no tienes valor para azotarte, yo te azotaré y así me calentaré las manos

-¿Tienes frío? Pues yo te calentaré pronto

Siguieron caminando hasta la tercera puerta, donde había una imagen de la virgen María. El penitente agachó la cabeza como avergonzado y siguió adelante sin detenerse.
Salieron así del pueblo, caminando cada vez mas aprisa, Chili empezó a cansarse y dijo:
-Acorta el paso porque sudo
-¿Sudar ahora? lo que tu tienes es miedo, porque eres un cobarde
Chili pensó golpear al penitente, pero en ese momento vió que éste tenía garras en vez de dedos, horrorizado, sin saber que hacer, ganó tiempo con una mentira:
-Yo no tengo miedo
Continuaron caminando y a Chili ya le costaba trabajo conservar el paso, pero seguía con la intención de llegar hasta El Cristo del Portal, donde se despediría del penitente y regresaría, sin importar que el otro le llamara como quisiese. Sin embargo el penitente dió un rodeo para no pasar por el Cristo, y cuando Chili se le acercó para despedirse, le mostró finalmente el rostro. El penitente tenía hocico, era monstruosamente feo. Miró fijo al pescador y se rió de él diciendo:
-Tienes miedo, Chili, tienes miedo
Chili temblaba, pero aun así replicó como pudo:
-No, no tengo miedo
A toda prisa subieron, dejando atras el puente, aunque Chili había visitado el lugar muchas ocasiones, ahora no veía nada familiar, y estaba desorientado y confuso. Muy asustado, tomó el rosario que llevaba en un bolsillo y comenzó a rezar. De nuevo el penitente le miró con su rostro espantoso y le dijo socarrón:
-Tienes miedo, anda, admítelo de una vez por todas.
En ese momento ya estaban junto a la ermita de Oibar. Chili corrió hacia el santuario, empujó la puerta y entró en ella al tiempo que gritaba:
-¡Madre mia,tengo miedo, salvame!
Y buscó refugio junto a una imagen de la Virgen. El horrible penitente rugió de rabia y gritó:
-¡Otra vez deja en paz al diablo! ¡ya habías caido en mi poder, da gracias a eso que llevas en las manos y al lugar en donde estas refugiado! ¡si no es por ellos no te me escapabas!
Y antes de desaparecer golpeó con todas sus fuerzas la puerta de la ermita, donde quedó la huella negra y quemada de sus garras.
Chili ya no volvió a alardear vanamente, y por bastante tiempo los lugareños pudieron contemplar la huella del diablo en la puerta. Hoy todavía esta la ermita, pero la antigua puerta se perdió durante las ultimas reparaciones.

 
GRIEGORI YEFIMOVICH RASPUTÍN

Nació en Siberia en 1871 y murió asesinado en Petrogrado, Rusia en 1916. Era de familia muy pobre, y analfabeto. Fue monje o al menos fingió serlo, era carismático y atraía a la gente. En su juventud fue un místico y predicador callejero que se refugiaba del frío en las estaciones de ferrocarril o en los pórticos de los mercados. Sin embargo cuando llegó a los 30 años su excesivo deseo carnal lo llevó al libertinaje. Desde joven había mostrado ciertos poderes paranormales y la gente continuó acercándose a él a pesar de sus desmanes. Era una especie de peregrino errante, consejero espiritual y curandero, y los campesinos lo trataban como un santo y le seguían en una mezcla de rituales misticos y orgías.
Su poder de curación se hizo famoso, y pronto los nobles también le llamaron. Así su reputación llegó hasta la duquesa Anastasia, la Zarina, que le llamó a San Petersburgo para que curara a su hijo el Tzarevich que padecía de hemofilia. Contra el pronóstico de todos los médicos, Rasputín detuvo las hemorragias del niño con solo imponerle las manos. Aquello impresionó a la Zarina y al Zar, quienes le conservaron en la corte, e incluso empezaron a consultarle en asuntos de estado.
Rasputín llevaba una vida de lujo en el palacio, era el consentido de la pareja Imperial, y esto le trajo la envidia y los celos de muchos políticos. Varios intentaron hacer que perdiese el favor del Zar, pero fracasaron, y pronto en la corte y los puestos importantes solo quedaba gente que apoyaba a Rasputín por completo.
Le apodaban el “hacedor de milagros”, y con un sexto sentido especial escapó de muchos intentos de asesinato, pero finalmente 3 nobles consiguieron engañarle. El duque Dimitri, el príncipe Yussoupov y el príncipe Purishkevich lo llevaron a una mansión, donde le ofrecieron manjares con cianuro, al ver que Rasputín no moría intentaron matarlo a balazos, pero Rasputín no cayó e intentó escapar. Finalmente lo golpearon y arrojaron a un río helado, donde murió.
La ciencia no ha conseguido explicar todavía ni sus curaciones ni su extremada resistencia.

 
RESCATE EN LA VENTISCA, INCREIBLE PERO CIERTO

Douglas Hanks, de Colorado, relata el rescate que vió cuando tenía apenas 15 años.
Era 1974, y Douglas trabajaba como guía en un campamento de verano en las Montañas Rocosas. Douglas era hijos de alpinistas, y a pesar de su juventud tenía ya bastante conocimiento y experiencia escalando montañas, asi que organizaba las excursiones de los niños, junto con otros 2 muchachos de su edad.
Un día los 3 guías llevaron a los niños a la montaña, y una ventisca completamente fuera de temporada los sorprendió en lo alto. Caía la tarde,pero no tenían tiendas ni demás equipo para pasar ahí la noche, y no les quedó más remedio que bajar a como diese lugar.
Los niños fueron divididos en 3 grupos, liderados cada uno por un guía. Como la nieve arreciaba todos se ataron por seguridad. En ese momento Douglas decidió hacerse cargo de los niños mas pequeños y débiles pues era el guía mas experimentado. Continuaron así el camino cuesta abajo.
Los niños de Douglas se caían una y otra vez en el sendero que se tornaba mas estrecho, con pendientes mas traicioneras y peligrosas. Pronto Douglas comprendió que si llegaban a tropezar y caer al mismo tiempo mas de 2 niños, arrastrarian a todos al barranco, pues él no tenía la corpulencia y el peso necesario para sostenerlos. En verdad asustado empezó a rezar por sus vidas, y en ese momento escuchó una voz que le animaba a continuar. Enmedio de la ventisca distinguió a otro guía atado en el otro extremo de la cuerda. La nieve le hería los ojos, asi que Douglas no pudo ver bien ni su rostro ni su silueta, tan solo le pareció que se veía mas corpulento que los otros guías, pero pensó que era ilusión optica de la tormenta, y continuó la marcha.
Efectivamente, los niños siguieron tropezando, y de no ser por la ayuda del otro guía, hubieran caido por el desfiladero. Después de bastante esfuerzo llegaron por fin a terreno seguro, y Douglas se volteó para agradecer al otro guía. Descubrió que ya no estaba en la cuerda. Aunque los demás tambien lo habían visto y escuchado, no recordaban en que momento se desató. Y por más que lo buscaron no pudieron encontrarle, ni en ese momento ni en los días posteriores. Nadie sabía quien era, como había llegado ni de donde, ni como había desaparecido.
Douglas esta convencido que se trataba de un extraño ángel que bajó a la montaña para salvar las vidas de los guías adolescentes y los pequeños excursionistas.

 
EL UNGÜENTO DE LA BRUJA

Durante los lejanos días de la reconquista los cristianos lucharon esforzadamente contra los moros, recuperando kilómetro a kilómetro el territorio Vasco. Pero por más enemigos que mataban, en el siguiente combate los moros tenían nuevas tropas de repuesto, en cambio los soldados cristianos disminuían cada vez mas. Parecía que el número de moros era infinito, y lo peor ocurrió cuando durante una batalla un caballero reconoció a un moro que había matado hacía algunos días.

Para no descorazonar a sus hombres el caballero no dijo nada, en cambio decidió investigar que tipo de malas artes utilizaba el enemigo. Para ello se escondió entre los difuntos que cubrían el campo de batalla y esperó inmovil hasta el anochecer. Así llegó la media noche, y entonces escuchó unos pasos vacilantes en el silencio sepulcral.

Una anciana vagaba entre los muertos, al principio el caballero pensó que se trataba de una mendiga, que por hambre robaba entre los cadáveres, pero entonces vió que llevaba con ella un pequeño caldero, y que al acercarse a un cadaver moro extraía un ungüento del caldero y untaba con él las heridas del muerto. Al poco tiempo los moros atendidos por la bruja empezaron a levantarse uno a uno, y se marcharon para reunirse nuevamente con su ejercito.

El caballero esperó pacientemente, y poco antes del amanecer, cuando ya no quedaban mas moros por revivir y solo él y la bruja quedaban en el campo, el caballero se levantó rápidamente y capturó a la bruja antes que pudiese escapar al bosque cercano.

Al verse descubierta la bruja rogó por su vida, lo tentó prometiéndole enseñarle a preparar el ungüento prodigioso, incluso prometió  enseñarle todos sus maléficos conocimientos, mas el caballero no estaba interesado en ganar nada a costa de su alma, y respondió al ofrecimiento matandola con su espada.

El caballero se llevó el ungüento, y contó a los demás lo que había visto. Al principio no le creyeron, hasta pensaron que había enloquecido por las desdichas de la guerra, pero después de la batalla el caballero usó la magia robada para revivir a los soldados cristianos, y entonces todos los que dudaron reconocieron que decía la verdad, y que había realizado un gran servicio a la cristiandad, al eliminar la ventaja de los moros y equilibrar las fuerzas de ambos ejercitos.

 

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