Roei Sadan: “Quiero que miren mi sueño y vuelvan a mirar el suyo”

Por Ana Carolina Moreno

El ciclista israelí que recurre el mundo para inspirar a que las personas busquen sus sueños empieza desde Coruña su recurrido por Europa y Asia

La barba pelirroja se escurre asimétricamente desde la barbilla de Roei ‘Jinji’ Sadan. Este israelí de 28 años decidió que no volvería a afeitarse antes de rematar su actual viaje, que empezó a mediados del 2007 y no debe llegar al fin hasta por lo menos dentro de 18 meses. En total, Sadan acumula 24 sellos en su pasaporte, 40.000 kilómetros recorridos y por lo menos 35.000 euros gastados en el que es el periplo más largo jamás afrontado por un ciudadano de Israel. Y todo, excepto cuando no haya una alternativa al avión, encima de una bicicleta.

Hasta 2006, cuando empezó a pensar sobre cuál sería la aventura más extrema de su vida, el israelí solo había usado una bici para ir y volver a la escuela cuando era niño. Hoy cubre una media de 80 a 100 kilómetros al día encima de ‘Emuna’, su única compañera de viaje, bautizada en el quinto mes del primer capítulo de la vuelta al mundo: América. “Fue el uno de enero del 2008, en México. Me asaltaron con un arma y llevaron todo, solo me dejaron la bici. ‘Emuna’ en hebreo quiere decir ‘fe’, así que decidí nombrarla con lo único que me restaba”, recuenta.


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Hace un mes Sadan empezó  la tercera y penúltima parte de su jornada. Eligió Galicia como punto de partida, y más específicamente A Coruña, por sugerencia de amigos. “Esta ciudad es increíble, me desperté hoy, miré la vista y dije ‘esta gente vive en el paraíso’”, afirma el israelí, que, además de la ayuda de amigos y ocasionalmente de desconocidos, también cuenta con el patrocinio de la empresa Eden. Hasta febrero visitó Asturias, Cantabria y el País Vasco, antes de irse a otros sitios en Europa y Eurasia. Llegará a China en agosto y en el 2011 recorrerá Australia, antes de volar hacia Jordania y seguir en bici hacia el punto final: el Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén.

Sadan ha memorizado cuántas veces fue atropellado (dos), cuántas estuvo en el hospital (otras dos) e incluso cuántos kilos ha perdido (15 en los primeros diez días), pero no sabría decir a cuántas personas ha inspirado. Además de querer que la gente se anime a perseguir sus sueños al ver cómo lo hace él, el ciclista barbudo que ayer llamó la atención de los peatones en el paseo marítimo también aprovecha este viaje “difícil mental, física y financieramente” para enseñar al mundo que en Israel también hay gente que quiere la paz y no lleva armas. El año pasado, cuando cruzó el continente africano, no pudo visitar Sudán, donde se prohíbe la entrada de ciudadanos israelís. “Ya lo sabía y es parte de la vida, pero si un día tenemos paz con Sudán quiero ser el primero en cruzar la frontera”, afirma.


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La abuela del semáforo


Por Jack Daniel’s

La encrucijada de la Avenida de Andalucía y la Ronda del Tamarguillo en Sevilla es un enjambre de semáforos enfrentados, una selva de tráfico ruidoso y sirenas por donde aborda la ciudad todo aquel que viene de Andalucía oriental.

En ese imbricado cruce de calles, avenidas y vías de servicio, cada semáforo lleva adherido, como si de un apéndice se tratara, un inmigrante de color que vende pañuelos a los conductores.

Sin embargo, en el que te recibe cuando llegas a la ciudad, te asalta la sorpresa de una anciana amable y sonriente, de raza blanca, pelo cano y mirada intensa, que transita la mediana enfundada en una vestimenta fluorescente y con el brazo levantado sosteniendo un paquete de pañuelos de papel. Es como si te invadiera de repente la visión de tu propia abuela, que ha abandonado la butaca de la terraza de su casa y se ha lanzado a la calle a buscarse unas perras. Se llama Avelina, una inmigrante georgiana de 69 años a quien todo el mundo conoce ya como “la abuela del semáforo”.

Avelina no es una vendedora de pañuelos al uso. No se acerca a la ventanilla de los vehículos nada más se detiene el tráfico para ofrecer su mercadería, permanece horas mostrándose mientras camina la mediana y sólo se aproxima a los coches cuando es requerida por su conductor.

Tiene dos hijas y dos nietos de cada una de ellas. Una vive todavía en Georgia como profesora de piano y la otra está aquí. Por ésta, y gracias a la Cruz Roja, vino a España hace ya la friolera de once años. Su yerno, Alex, “un luchador por la libertad que tuvo que exiliarse” a consecuencia de la guerra civil que asoló al país hasta 1995, tenía tres carreras y hablaba cinco idiomas. Fue campeón europeo de lucha libre y trabajaba en Sevilla como monitor en un gimnasio y sin papeles todavía cuando la muerte le sorprendió en un accidente de tráfico. Dejaba mujer y dos hijos, uno de ellos con retraso mental y la esposa padeciendo fibromialgia.

Avelína vivía entonces en Tbilisi, capital de Georgia, donde trabajaba como enfermera, la misma tierra que parió a personalidades como Iósif Dzhugashvili, más conocido por su apodo de Stalin, y Eduard Shevardnadze. Había enviudado sólo un año antes. Su marido fue futbolista en los años sesenta, “un extremo derecho”, y una grave lesión lo apartó para siempre de los terrenos de juego. Al tener noticia de la tragedia tomó una decisión y se la comunicó a su otra hija: partía hacia España para ayudar a su hermana y sus hijos. La colaboración de la Cruz Roja resultó vital para lograr su objetivo.

La familia vive en la calle Golondrina, en el barrio de Los Pajaritos, lugar escogido como residencia por infinidad de inmigrantes porque sus viviendas resultan de las más asequibles de la ciudad. El barrio de origen obrero se ha convertido con el paso del tiempo en un crisol de razas y de lenguas donde Avelina se desenvuelve a la perfección. “Mis vecinos son muy buenos y gente muy amable”, dice esbozando una cálida sonrisa. Aunque ella es ortodoxa y muy religiosa, los domingos suele acudir a misa a la parroquia católica del barrio, la de la Blanca Paloma. Antes también solía visitar una iglesia ortodoxa ubicada en la Ronda Histórica de Sevilla, pero desde hace tiempo “está cerrada y no sabe qué ha ocurrido con el cura”. “Dios me ayuda mucho”, murmura con voz devota.

Vende pañuelos porque “es el único trabajo que puedo hacer para ayudar a mi familia”. Cuando decidió trabajar, “un negro” le sugirió que vendiera pañuelos donde él lo hacía. Desde entonces acude al semáforo entre dos y tres horas cada día, porque “el resto es para dedicárselo a mis nietos”, y todos le respetan su sitio. “Tengo muchos amigos en el semáforo” afirma con los ojos humedecidos.

Avelina ama la vida por encima de todas las cosas y es una enamorada de Sevilla. Su rostro, siempre salpicado por la huella de una sonrisa y por unos ojos vivarachos, muestra las huellas de una existencia intensa y plagada de dificultades que ha ido superando a base de constancia. Sin embargo, las arrugas que surcan su tez no logran afearla ni desprenderla de las pinceladas de placidez que a ella se asoman cuando cuenta su relación con los nativos. “Lo único que no me gusta de Sevilla es que está muy sucia por el descuido de la gente”, dice.

Esta singular anciana va ataviada con vestimenta humilde bajo el chaleco fluorescente, calza babuchas de paño y luce una simple alianza, recuerdo de su matrimonio, y unos sencillos pendientes de los que cuelgan dos diminutas perlas. No se olvida nunca de los suyos, de quienes quedaron en la lejana Georgia. Cada vez que puede envía algo de sus ahorrillos para ayudarlos. Desde que está aquí sólo ha regresado una vez a su tierra, donde no le ponen nunca problemas para entrar o salir, y espera volver a hacerlo pronto, porque “tengo ganas de ver a mis otros nietos”.

Se encuentra completamente integrada, porque “vivo aquí y me siento española” y además “la gente es muy parecida a la de Georgia, en los rasgos, en el carácter, en la alegría. Somos muy parecidos”. Se sorprende muchísimo de que otros extranjeros que conoce no sientan algo similar, porque reconoce con sencillez que “lo que tengo aquí no lo tendría en mi país”.

Antes de marcharse, Avelina se coloca las gafas que penden de su cuello por un cordoncillo de lana y consulta la hora en su viejo reloj de esfera blanca asido a su muñeca por una gastada correa de goma elástica. “Me tengo que ir a recoger a los nietos al colegio”, nos dice. Y desaparece por las bocacalles del barrio de Los Pajaritos que desembocan al vetusto acueducto romano, bajo cuyas sombras hemos realizado la entrevista.

Al otro lado de la arquería romana la espera su lucha diaria para sacar adelante a la familia en un país prestado, antes de que a la mañana siguiente regrese al semáforo, cargada con sus paquetes de pañuelos y la colosal experiencia de un periplo vital que se inició en un lejano país del Cáucaso y tiene todos los visos de concluir en otro cálido del sur completamente diferente.


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En busca de las raíces, a través de internet

La tecnología como aliada

Julia intenta localizar, desde hace años, a la hermana de su abuela y a sus parientes en Rusia; para esta búsqueda que aún continúa aprendió a utilizar el e-mail y las redes sociales; cómo lo hizo.

Por Martina Rua, publicado en lanacion.com

Pregunta por su pelo y se lo acomoda. Durante toda la charla jugará con el cuello de su pulóver, coqueta, risueña, pero también melancólica, Julia Los (70), se sumerge en su historia y se anima a recordar las calles de San Petersburgo de 1920 , la revolución bolchevique, la hambruna, la huída a Bielorrusia, todo un pasado que conoció a través de las historias de su abuela a quien cuidó en la Argentina hasta el año 1990, cuando, a la edad de 100 años, falleció dejándole una tarea que la desvelaría hasta hoy: “mi abuela siempre me decía, cuando yo no esté seguí buscando a mi hermanita, y en eso estoy”, cuenta y así sintetiza una búsqueda que lleva casi dos décadas.

A partir de ahí, Julia comenzó la búsqueda de Natalia Krivicha, la hermana de su abuela y la de sus hijos Olga, Piot y Nicalai Yakovko, quienes siguieron intercambiando correspondencia con Argentina hasta el año 1937. “Fui rescatando los nombres y fechas, pero luego vino la segunda guerra en la que pereció más de un cuarto de la población de Beliorrusia y ese el principal problema para esta búsqueda”, se lamenta Los mientras acaricia una vieja foto de sus abuelos.

Julia estuvo casi 20 años buscando por buena parte de Europa utilizando todos los medios tradicionales: visitó embajadas, escribió a la Cruz Roja de toda Europa, visitó a la iglesia mormona, que cuenta con una gran base de datos genealógica, y a colectividades rusas en Argentina. Si bien todos estos intentos arrojaron luz sobre su pasado, ninguna aportó una pista cierta sobre su familia. Era hora de pensar otra manera de buscar.

Nueva etapa. “Un día escuché por la radio sobre una fundación que daba cursos de computación para la tercera edad, y me pareció que hacia allí debía dirigirme”, cuenta entre risas. A mediados de 2008 Julia se acercó a la Fundación Equidad y aprendió a utilizar herramientas básicas como el procesador de textos, la planilla de cálculo y los navegadores que le permitirían ingresar a Internet. A partir de allí, la búsqueda a través de cartas se plasmó en un teclado y en cientos de mails que recorren Europa bajo el título “tracing my relatives” (“buscando a mis parientes” en español).

Con la ayuda de una amiga, entró a Facebook , buscó los apellidos de su familia y escribió a cada uno de ellos. “Muchos contestaron amablemente y buscaron en su pasado, pero son apellidos habituales en Rusia”, dice. La búsqueda fue tomando fuerza en el mundo virtual y llegó a oídos de diputados y embajadas que están colaborando e investigando en las principales ciudades de Lituania, Polonia y Bielorrusia. Hasta a la televisión moscovita se comunicó con Julia y le propuso un viaje de tener algún resultado positivo. “Llegué muy lejos, aparecieron muchas familias que podrían ser la mía o haber conocido a mis antepasados. Si tuviera mi máquina sería más fluido, pero como jubilada se me hace difícil. En un locutorio no puedo quedarme mucho tiempo”, dice la mujer llena de vida, que además de computación estudia alemán y ruso.

La búsqueda continúa, y más allá de los resultados ella valora el camino transitado. “No me animo a llamarla tarea, es una motivación muy importante para mi vida. Soy conciente de que quizás no tenga buenos resultados, pero también confío en que somos de familia longeva. Además, aprendí mucho de mis raíces y del contexto histórico navegando en Internet. Me congratulo porque, a pesar de mi edad, me animé con los medios modernos”, dice.

Ahora Julia apura la charla, se calza su sobretodo y se excusa porque tiene que irse a “chequear” si su profesora de alemán le mandó la tarea a una de sus casillas de e-mail.

  • Protagonista: Julia Los, 70 años.
  • Su historia: busca a sus antepasados rusos para cumplir con el anhelo de su abuela.
  • Tecnología: aprendió a utilizar las funciones básicas de la computadora para acceder a Internet. Hoy usa varias casillas de mail y espera seguir capacitándose.

Si quieres ver el vídeo que acompaña este post, pincha aquí.


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Elena: “¿Mi sueño? Lo típico, irme a vivir a un piso con mi novio”

Por Victor Navarro

Elena luce su uniforme de personal de limpieza sobre su ropa de calle. Ropa cómoda para una jornada de trabajo de unas diez horas, con poco tiempo para descansar. Limpiar las aulas, las habitaciones de la residencia, los pasillos y el comedor agota a cualquiera. Aunque si algo le sobra a esta mujer de treintaidós años es energía: “me encanta salir por ahí a bailar, pero a mi novio no. Por eso no salgo tanto”, comenta.

No siempre ha sido así. De pequeña, de hecho, prefería quedarse en casa a verse con la gente de su colegio. Cuenta que en su colegio, el típico centro escolar de barrio, no tenía amigos. Elena iba por su cuenta.

Suena a tópico, pero los niños son así de crueles. Y los no tan niños, también. Según avanzaban los cursos, la ausencia de amistad se convirtió casi en una enemistad. El clásico y terrible caso de bullying que acaba con la moral y la paciencia de cualquiera. Elena optó por hacer caso omiso, y se escapaba del colegio cuando lo necesitaba. Iba a casa.

A veces ignorar los problemas sirve, pero la carga se va haciendo cada vez más pesada y hay que desahogarla. Elena terminó por defenderse: “Les pegaba. Luego si se quejaban a los profesores, yo les decía que ellos me habían pegado a mi primero, y como yo era muy buena y sabían lo que había, no me decían nada” explica sonriente. Es muy buena, pero tiene genio, y no lo niega.

Este problema se solucionó cuando terminó su etapa escolar, pero roces como éste siempre dejan callos, si no cicatrices. “Me costaba mucho abrirme a gente nueva. No quería venir a este trabajo que tengo ahora porque me daba miedo empezar a conocer a gente. Ahora no me cuesta tanto, pero me cuesta”. No hacía falta que lo explicara. Su mirada, esquiva y vergonzosa, ya la delataba desde el primer momento.

Confiesa que no era buena estudiante. No se le daba bien, pero tampoco le ponía mucho interés. En clase iba a lo suyo, se sumergía en su imaginación, dibujaba y escribía. Escribía novelas y cuentos románticos, historias de esas que le encantan, como la saga Crepúsculo, que ha devorado ya varias veces. Por aquel entonces, le publicaron uno de sus relatos en la revista del colegio, “ahora no tengo tiempo para escribir, tengo mucho trabajo, pero todavía se me ocurren muchas ideas” se lamenta.

Elena se crió  con otros dos hermanos, la una, mayor que ella, y el otro, menor. Sus padres, cuenta, los criaron a todos por igual, sin hacer ninguna diferencia. Afirma que siempre han confiado en ella, la han educado para ser independiente y que siempre le han permitido decidir por ella misma. “Siempre he sido muy responsable y adulta”, dice, “y además nunca me han dado ataques de nada, si me hubieran dado, no me habrían dejado tanto”.

“Yo cuando voy por la calle no le hablo a ningún desconocido ni le hago caso a nadie.  Cuando salgo no le doy el número de teléfono a nadie ni la dirección a ningún desconocido” cuenta, para ilustrar ese sentido de la responsabilidad del que habla.

Y ha tomado siempre sus propias decisiones, con el permiso y el apoyo de su familia: un piercing, un tatuaje, su emancipación…

Elena comparte un piso tutelado con otras siete chicas. Se llevan bien. En la nevera, un papel organiza y reparte todas las tareas del hogar. Elena casi siempre se ocupa de la cocina.  Antes de entrar en el servicio de limpieza ha trabajado como cocinera, una tarea que le encanta, otra forma de creatividad. “Sobre todo me gusta hacer postres. Hago bizcochos, tartas…”, y con gran éxito, asegura.

Pero las aspiraciones de Elena son otras: “¿Mi sueño? Pues lo típico. Casarme, irme a vivir a un piso con mi novio…”, dice. Elena y su pareja llevan diez años juntos. Ella ahora está independizada en el piso tutelado, pero su novio vive en la casa familiar. Como tantas otras parejas jóvenes de este país, la crisis le pone freno a su independencia. Al menos ellos tienen trabajo.

La historia de Elena es una de esas que no se escriben ni se divulgan por ser corrientes, cotidianas, por seguir el patrón de lo que se considera “normalidad”. Una infancia complicada, una familia numerosa y trabajadora del extrarradio de Madrid, hermanos que discuten por tonterías y se reconcilian sin necesidad de pretextos, una estudiante sin mucho interés por las matemáticas que repitió un curso en el colegio antes de ponerse a trabajar, de ayudante de cocina primero, y de operario de limpieza después, una pareja joven que no encuentra piso… Son historias comunes, la del vecino, la del conocido, la del primo de un amigo. Son historias que no venden en la televisión ni en las revistas.

Por cierto, Elena tiene una discapacidad intelectual.


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Los Intoxicados

Metrópolis y la máquina a imagen de algunos hombres.

Por José Ramón Otero Roko, publicado también en CineArte 16 y en el periódico quincenal Diagonal, (Culturas). Una versión ampliada aparecerá en “Cuadernos para el diálogo”. Rebelión, a su vez, también ha reproducido el texto de Diagonal. También ha sido tradudido al euskara en la revista Aldaketa.
¿Adonde llevaban estas escaleras? Las puertas se abrían rebotando contra los muros. ¿Los templos de las salas de las máquinas? Las deidades, las máquinas-dioses de Metrópolis. Todos los grandes dioses vivían en templos blancos. Baal y Moloch, Huitzilopochtli y Durgha. Algunos terriblemente sociables, otros espantosamente solitarios. Aquí, el carro divino de Juggernaut; allí, las Torres del Silencio; allá, la cimitarra de Mahoma; más allá, las cruces del Gólgota.
Y ni un alma, ni un alma en las salas blancas. Las máquinas, las máquinas-dioses estaban terriblemente abandonadas. Pero todas vivían, sí, todas vivían realmente una vida mejor, una vida ardiente.
Porque Metrópolis tenía un cerebro.
Metrópolis tenía un corazón.”

Thea von Harbou, “Metrópolis” p.144 Ed. Martínez-Roca.

Berlín revelará en su LX edición la copia restaurada de uno de los films míticos de la historia del cine y una de sus grandes obras maestras, “Metrópolis” (1926) de Fritz Lang. Después de su anterior restauración, en 2002, que añadía veintidós minutos adicionales, se encontró en 2008 en Argentina una copia en 16mm que contenía treinta minutos más y que ha dado lugar a un nuevo montaje, con escenas esenciales que hasta ahora sólo han podido ser vistas en un pase especial en el teatro San Martín de Buenos Aires. La Berlinale, el 12 de febrero, proyectará esta versión en el teatro Friedrichstadtpalast acompañada de la Rundfunk-Sinfonieorchester de Berlín, que será muy cercana a la que se estrenó en Alemania en enero de 1927.

Ambientada en 2027 la película escrita por la compañera de Lang, la novelista Thea von Harbou, simpatizante de los nazis en esa época y más tarde, en 1933, militante del NSDAP, cumplía los objetivos del nacional-socialismo alemán para movilizar a una opinión pública muy tocada con la crisis económica. El partido de Hitler tenía un gran enemigo, el anarquismo, el socialismo y el comunismo alemanes, que predominaban en las clases trabajadoras, pero tenía un enemigo aún mayor, los judíos, los cuales precisamente eran muy activos entre la clase obrera, técnicos cualificados, intelectuales, artistas y miembros de los cuerpos más avanzados del cambio social en Alemania, lo que para algunos era “la decadencia de la patria”. Siendo ese el objetivo era obvio que lo más fácil era señalar a sus más decididos activistas aliados con sus hermanos de religión, los financieros judíos, que provocaban las envidias de la burguesía alemana, favoreciendo de ese modo a los aristócratas y militares alemanes que habían perdido una guerra y que ansiaban tanto la desaparición de la agitación obrera como la de sus competidores económicos.

La copia de Metrópolis que tengo entre mis manos es la de dos horas y diecisiete minutos de duración, con música de Peter Osborne, del año 1988. Quizás la más ampliamente distribuida en la últimas dos décadas. Refutar hoy la obra de Lang como una astucia fascista sería minusvalorar su condición de obra de arte de la historia universal, pero resultará útil para el lector hacer una pausa detenida en cada una de sus secuencias iniciales y trasladar su inmortal valor de 1927 al siglo XXI, esperando que la profecía de Von Harbou no se cumpla dentro de diecisiete años. Invito al lector a acompañarme en lo que no es sino la visión cuidadosa de lo que la pantalla mostraba sin otra intención aparente que la de convencernos de un mero entretenimiento y aliviar las fatigas del ser humano de aquellos días con la imaginación que fomentaba el cine mudo.

Comienza el film declarando su radical modernidad con la especial tipografía de los números del reloj, un reloj de diez cifras, que no es otro que el del despacho del amo de la ciudad, en el que se empieza a contar la llegada del turno de día en Metrópolis. El ocho, sin embargo, se asemeja curiosamente al carácter ’s’ de la tipografía gótica, la “Frakturschrift”. Este detalle es especialmente interesante si se sabe que durante siglos católicos y luteranos en Alemania, y en toda Europa, utilizaban un tipo diferente en sus periódicos y libros, siendo el humanista para los católicos y el gótico para los luteranos, que los nazis convertirían en su tipografía de cabecera hasta que Hitler la prohibió en 1941 sospechando que hubiera sido creada por un judío por su parecido a los caracteres hebreos de un libro. Este detalle cobra importancia en una película de ciencia-ficción en la Alemania de aquella época y pone en antecedentes al espectador de que se trata no de un mero divertimento acerca del futuro sino que hablaba y ponía en valor las discusiones de una clase social concreta acerca del los tiempos que llegaban.

A continuación se muestra la entrada y la salida de los obreros a la fábrica, en una secuencia que ha quedado grabada en la memoria de los espectadores mucho más que la fundamental de los hermanos Lumiere. Resulta increíble que Fritz Lang la hubiera rodado sin otra intención que mostrar la alienación del trabajo; los operarios entran y salen como un ejército de sirvientes que han sido despojados del derecho a llevar la cabeza alta, conscientes de que su trabajo no sólo sostiene la fábrica sino al sistema mismo que atenaza sus vidas. Su simultaneidad, su sincronía, su mecanización, sólo puede devolvernos un mensaje opuesto al de los nazis y el comienzo de la última fase de desarrollo del capitalismo con la segunda guerra mundial, vista hoy. Pero realizada en 1926 la película buscaba compartir las bases proletarias del socialismo alemán y expresar la correspondiente preocupación por sus condiciones laborales por parte del partido de Adolf Hitler.

Lang, en un primer momento, filma a los obreros en la fábrica siguiendo una coreografía. La coreografía del orden. De espaldas a sus compañeros, pendientes únicamente de pulsar los botones necesarios para que la máquina siga en marcha. Hasta que el agotamiento puede con uno de ellos que no alcanza a impedir que la temperatura del artefacto suba y la máquina explote. Entonces la máquina aparece como el dios Moloch, en el que los trabajadores se inmolan y sus hijos reclaman su sacrificio desde lo alto de las escaleras. La visión es de Freder (Gustav Fröhlich) el hijo del amo, y apenas dura unos segundos. Le sucede la realidad, en que los obreros portan en su brazos a sus compañeros heridos en la explosión. La mecanización del mundo moderno, la crueldad de su procedimiento, logra un horror que para Freder, el hijo de los dueños de la fábrica, sólo puede ser narrado desde la religión, aunque se trate de la religión fenicia, donde Moloch es el fuego purificante al que los hombres han de ofrecerle su sacrificio.

A continuación, arquitectónicamente, la ciudad de Metrópolis se muestra cuajada de autopistas aéreas, surcada por aeroplanos y dirigibles, atravesada por unas cuadrillas de caminantes que surgen de las profundidades y que no son otros que los obreros que desempeñan algún tipo de tarea en los niveles más altos de la ciudad. El padre de Freder, Johhan ‘Joh’ Fredersen (Alfred Abel) al que éste ha ido a contarle su visión, es mostrado por la cámara como un hombre responsable, preocupado por sus decisiones, que conoce, sin cuestionarlas, las órdenes que dan forma al sistema. No hace mucho caso de Freder, “semejantes accidentes son inevitables”, pero se toma muy en serio que su propio hijo haya entrado en la fábrica, penetrando en el mundo opuesto. “Quería ver a nuestros hermanos. Fueron sus manos las que construyeron nuestra ciudad, padre”. Freder aparece como un alucinado, como un hombre que ha tenido una visión reveladora que el mundo no puede comprender porque, tanto la praxis marxista como la dinámica burguesa se muestran igual de implacables, no se ha de abandonar el mundo para el cual se ha nacido, ni siquiera para vislumbrar el que nuestros actos niegan.

Y la arquitectura de Metrópolis reaparece. Esta vez en sus edificios más altos, bellísimos, aparentemente imposibles. Es en estas tomas y no en su tejido moral, por otra parte muy contagiado del fascismo y plenamente contemporáneo en un mundo de alianza de clases y de promesas de que el trabajo nos hará libres, donde la película sigue manteniendo su vigencia como film distópico de ciencia-ficción. La ciudad en la superficie, el norte, es un mar de rascacielos, aún hoy, en la arquitectura actual, de plena vanguardia, mientras que la sociedad subterránea, el sur, es una ciénaga de bloques de unos cuantos pisos. En el norte existe tal libertad que los hombres vuelan en sus aeroplanos y dirigibles, en el sur, “los hermanos de los amos”, se arrastran en la monotonía y la culpa. La producción divide los dos mundos, el que la crea y el que la disfruta.

La famosa toma de la cortina que se cierra sobre el mirador de la gran ciudad, que Blade Runner “coge prestada” de Metrópolis, está precisamente en ese momento, antecedida de unas reveladores palabras que la película de Ridley Scott contestaría años después de una manera muy diferente a la de el film que nos ocupa. Freder pregunta a su padre ¿qué harías si algún día se revelaran contra ti? Y el padre, el padre de Metrópolis, niega el mundo, que entra por los ventanales, oprimiendo un botón y cerrando las cortinas.

Entonces el capataz viene a revelarle una peligrosa confidencia a su amo, entra por la puerta el mundo sobre el que se han cerrado los visillos. Los obreros, como se sabrá después, elaboran planos de las catacumbas de la ciudad, muy por debajo incluso de los niveles inferiores donde viven los obreros, y un par han sido encontrados en los cuerpos sin vida de dos de ellos muertos en la explosión. El amo los lee y los mira con el mismo gesto, con la misma posición del cuerpo, y las manos, con que sus obreros entran y salen de la fábrica. Lang no rueda por casualidad ninguna de las secuencias, por ejemplo, la pareja protagonista es rodada en primeros planos repletos de luz y sus contrarios siempre de perfil y con un aire más oscuro en el encuadre, no plantea la disposición y la actitud de los personajes en el espacio escénico por casualidad. En aquel tiempo, en el tiempo de las revoluciones, como la tecnológica que se da hoy día, los apoderados, los constituyentes, se dan cuenta de la extrema fragilidad del mundo en el que viven, de la caducidad de su posición, de la tarea a la que está abocado el mundo nuevo que les relevará. El amo de Metrópolis lo acepta con su lenguaje corporal, él no es más que una pieza más del engranaje de los tiempos que será reemplazada, que culminará su tarea tomando el lugar de las que ahora dirige. Esta revelación, de origen marxista, esta determinación de las clases a su superación y desaparición, es uno de los rasgos de la primera mitad del siglo XX que Von Harbou combate con tenacidad, y que Lang ofrece en un primer momento. Pero el amo se rehace y son sus hijos, su hijo Freder y su secretario Joseph, los que ahora adoptarán la postura corporal de los asalariados.

Freder logra descender a la ciudad subterránea donde se encuentran los trabajadores. Allí volverá a darse de bruces con sus condiciones y la narración descubrirá la existencia de Rotwang (Rudolf Klein-Rogge) el inventor, que vive en una vieja casa en el centro de la ciudad. Rotwang (que está formado en el alemán por ‘Rot’, rojo, ‘wang’ mejilla, “mejilla roja”) ha creado una máquina, a imagen del hombre, que sustituirá a los obreros (“ahora ya no necesitamos más obreros vivos”) y que está siendo mostrada al padre de Freder. Este plano, uno de los más famosos de la película, tiene la peculiaridad de que, en medio de tal abominación, aparece en el laboratorio de Rotwang, sobre el robot, un símbolo muy parecido a la estrella de David, lo que remitía directamente a las bases electorales del nacional-socialismo al odio a los judíos, sospechosos, por su inteligencia, de proyectos secretos que traicionaran a la clase trabajadora. Incluso el amo de la ciudad, la patriota burguesía alemana, duda unos momentos del invento del judío  Rotwang y teme el holocausto de los obreros a manos de las máquinas, lo que resulta ser, en términos fílmicos, una peligrosa premonición de las mentiras que llevaron a los nazis al poder en 1933.

Rotwang acompaña a Johhan Fredersen a las catacumbas, mientras Freder, su hijo, empieza a percibir el agotamiento del trabajo y encuentra uno de esos mapas. Además alguien le ha dejado un gorro que le identifica, más si cabe, con la condición alienada de los trabajadores de la fábrica, vestidos igual, realizando  idéntica mímica en sus puestos, a las órdenes de los engranajes de la gran máquina que hacen funcionar, los obreros se vuelven indistinguibles y por tanto reemplazables. Ellos bajan a las catacumbas a escuchar la profecía de María (Brigitte Helm) que anuncia el advenimiento de un “mediador” que haga de puente entre la clase dominante y los dominados y mejore su condición. El propio Freder, agotado, se encuentra entre ellos y escucha la revelación de María, que habla entre cruces cristianas y cirios, atenazado por sus palabras y arrodillado.

Mientras Joh ve la escena desde arriba, desde una cavidad que Rotwang le ha mostrado en los pasadizos, María cuenta a los obreros la historia de la torre de Babel: “Aquellos que concibieron la idea de tal torre, no podían construirla por sí mismos, así que contrataron a miles para que lo hicieran por ellos”. Y entonces llega el colofón, la máxima de la novela de Von Harbou y de la película de Lang, de la que años más tarde, con los nazis derrotados, abominaría y reconocería que se había equivocado. “Entre el cerebro que planea, y las manos que construyen, debe de haber un mediador. Es el corazón el que debe de proporcionar un entendimiento entre ellos”. Y ese no era otro que el fascismo, disfrazado de un humanismo que pretendía suplantar las ambiciones de una sociedad más justa por una estructura vertical donde los trabajadores no podían ser otra cosa que “manos que trabajan”, los privilegiados “cerebros que planean” y el partido de Adolfo Hitler su mediador, el corazón de la patria. Recordemos la paradójica frase de Goebbels:“Gobernemos gracias al amor y no gracias a la bayoneta”. En esa línea desaparecerían las protestas sindicales, las organizaciones de trabajadores y se perseguiría a izquierdistas, judíos, gitanos y miembros de la minorías hasta exterminarlos, por amor.

Las resonancias religiosas, proféticas, de la revelación de María comienzan por su propio nombre y se desencadenan en la puesta en escena, atiborrada de cruces y cirios, que hemos descrito. Pero acuden a nuestra memoria el sacrificio de los trabajadores en el dios pagano, la redención, la pureza, la revelación. Metrópolis juzga a los trabajadores incapaces de encontrar la verdad por sí mismos y les exhorta a buscarla en el sistema de relaciones jerárquicas de la religión, una religión del siglo XXI, donde el asalariado sólo puede aspirar a ser esclarecido por el iluminado, un iluminado que, casualmente, como se repite en el hecho religioso, sólo viene a reforzar el anclaje de la pirámide social en el devenir de los tiempos que cambian para que nada cambie.

Entre los obreros que bajan la cabeza acogiendo las palabras de María y se llevan las manos al corazón y se arrodillan, emerge uno que pregunta dónde está el mediador. Freder se siente inmediatamente concernido por esas palabras y María le observa reconociendo al hijo del amo de la fábrica. “Sed pacientes. Seguro que vendrá”. A lo que le contestan “esperaremos, pero no por mucho”, lo que anticipaba una estructura clásica de la publicidad, a la que tan aficionados eran los nazis, que puntualiza que primero se crea una necesidad y después se ha de ofrecer un producto.

Joh Fredersen ha observado todo esto y se preocupa. Recordemos que en aquella época aún no era posible despertar las simpatías de los trabajadores y de la burguesía al mismo tiempo. Se lleva las manos a los bolsillos y ordena a Rotwang que haga el robot con la apariencia de la chica. Debe secuestrarla y suplantarla por la máquina para que siembre la discordia entre los obreros. Rotwang lo hace y conduce a María hasta su casa, ella clama desde una claraboya y Freder, que pasea sin rumbo fijo, la escucha y se abalanza sobre la casa de Rotwang que tiene, bien visible, una estrella de David en la puerta. Esta imagen es fundamental, primero porque nos remite al consentimiento de la persecución a los judíos que ya había comenzado. Segundo porque la escena es deliberadamente ambigua y parece que Rotwang forcejea con ella en un intento de violación, lo que causa sospecha y alarma entre los espectadores. Freder entra a rescatarla y queda atrapado dentro de la casa; el inventor ha  dispuesto una serie de artilugios en las puertas que impiden penetrar en su interior. Estas puertas trampa llevan así mismo la inscripción de la estrella de David en su hoja, recordando al espectador, en todo momento, en casa de quién se encuentran, las de los judíos tienen mil trucos y más valdría no visitarlos, ni conocerlos, sino desconfiar de ellos… Rotwang, el científico, prepara la transferencia de sus rasgos al robot. Se produce ahí uno de los planos más bellos del género de ciencia-ficción de la historia. Con un sorprendente efecto de unos anillos que giran en torno a él, la apariencia de María es replicada por la máquina que aparece sentada, hierática, predispuesta y que adquiere la apariencia de la vida de golpe, renacida.

Hasta ahí el inicio del recorrido en la película de Lang. ¿Qué sorpresas nos depara el nuevo montaje? ¿Qué otros criterios además de los comerciales determinaron el corte de tantas escenas del film? ¿Puede sostenerse que la obra del director austriaco era fundamentalmente estética y no le preocupaban los aspectos éticos de la cinta? Berlín nos proporcionará respuesta, a estas, y muchas otras preguntas, la historia del cine volverá a llenarse del asombro y la sorpresa.

Más entradas de José Ramón Otero Roko en el concurso, pinchando aquí.

Material anexo al texto:

Escenas añadidas en la restauración de 2002 (25 videos) en Youtube

Libro Metrópolis (en inglés) en Archive.org -Dominio Público-

Cobertura del canal ARTE de la presentación de Metrópolis en la Berlinale

[Lista CC-Chile]: ¿Por qué Metrópolis ya no está en Archive.org?

[Foro Archive.org]: ¿Podría volver Metrópolis al dominio público?

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La Taberna de soulinake se traslada a Sin Futuro

Pues sí, gente, me traigo mi taberna para Sin Futuro. Después de poco más de un año haciendo vídeos de cocina para Tinta Digital y en vista de las escasas aportaciones que hago al blog, he decidido empezar a colgar aquí los vídeos de La Taberna de soulinake.

Aparecerán de forma semanal (o eso intentaré) y uno o dos días después de que salgan en Tinta Digital. Aquí os dejo el último que he hecho, en colaboración con mi hermana: una receta de fideos japoneses con ternera al ajillo. ¡Qué aproveche!

Si queréis ver todos los vídeos que he hecho anteriormente, podéis ir a mi canal en YouTube, visitar mi videoblog personal o pasaros por Tinta Digital.

Ingredientes: (2 personas):

  • 2 paquetes de ramen o fideos japoneses.
  • 2 filetes de ternera.
  • 1 cebolla.
  • 1 pimiento verde.
  • 1/2 pimiento rojo.
  • 1 ajo.
  • perejil.
  • vino blanco.
  • aceite.
  • sal.

Dificultad: baja.


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Los trabajadores de Tussam se manifiestan contra el plan de viabilidad

Los trabajadores de Tussam (Transportes Urbanos de Sevilla) salieron a la calle el pasado jueves para manifestarse contra el boceto de plan de viabilidad propuesto por la dirección de la empresa pública.

La concentración, a la que acudieron en torno a 400 personas, comenzó frente al Arco de la Macarena, junto al Parlamento Andaluz, y siguió por la Resolana y la glorieta de la Duquesa de Alba, lo que provocó importantes retenciones. Posteriormente, la marcha continuó por Calatrava, hacia la Alameda, y de ahí hacia La Campana por Amor de Dios y hasta la Plaza Nueva, por Tetuán. En la puerta del Ayuntamiento, fuertemente custodiado por la Policía, los trabajadores leyeron un manifiesto y gritaron consignas contra el alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín.

La privatización de las líneas del centro es una propuesta por la dirección de Tussam para solucionar la millonaria deuda de la empresa pública, que comenzó hace más de dos décadas, y cada año se agrava con la continua pérdida de viajeros. Por ello, los trabajadores de la empresa han acordado llevar a cabo una huelga el próximo día 22 de febrero.

A continuación podéis un vídeo con las fotografías de la manifestación realizadas por Jack Daniel’s (la presentación de la cabecera es de un servidor), aunque, si lo prefrís, también podéis leer la crónica de la manifestación y el análisis de Jack Daniel’s en su blog.


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Documental Gran Scala de Florent Tillon

 ”Gran Scala” es el  último documental rodado hasta la fecha por Florent Tillon. Este video trata sobre la industria de la construcción en España, centrándose en tres sitios: Valdeluz, Seseña y el proyecto Gran Scala en la comarca argonesa Los Monegros. Lo he descubierto vía arkinetblog.wordpress.com, que ha puesto un enlace en “Una ciudad fantasma hasta para Google Street View”. Se ha realizado en español, aunque por ahora solo está subtitulado en inglés y francés.

  • Video subtitulado en inglés

  • Video subtitulado en francés

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Televisión basura, mundo basura

En mis apuntes de Estructura de la Información:

Por eso, cuando muchos hablan de “televisión basura” como si de un ente aislado se tratara, demonizando sus contenidos (ciertamente deleznables en muchas ocasiones), deberían ir un paso más allá y comprender que en verdad asistimos al reflejo en un apartado de la sociedad en la que nos encontramos. Podríamos pasar así al término “mundo basura”, aunque esta afirmación se aparta demasiado de lo políticamente correcto, disgusta y exige una autocrítica ciertamente molesta.

Aurora Labio Bernal: Comunicación, periodismo y control informativo, Anthropos, Barcelona, 2006, p. 24.

Como apunte mu rápido y a colación de esto, esto, esto, y esto otro. Incluso a riesgo de ser pesao, que más de uno lo habrá pensao ya (y yo preocupao).

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El pragmatismo de la arquitectura civil

VALENCIA.- Gemma Jordán

Que las cosas que se creaban y fabricaban o construían antes duraban más, eso todos lo sabemos. Que tal vez si ahora se usaran las mismas técnicas, sería demasiado costoso en tiempo y dinero y habría la mitad de empleos…también. Además de que dado el tejido social y económico existente ahora mismo en España, por supuesto que no todo el mundo podría perder el tiempo en construirse algo así para vivir.

Pero aún así, me siguen llamando la atención elementos de la arquitectura civil y popular de antes, que me hacen pensar que hace unos siglos, décadas solo incluso, esos mismos elementos arquitectónicos se elaboraban pensando realmente en las necesidades del día a día de las personas que las iban a usar.

Me explico; mi hermana se ha construido una casa nueva en Cheste, en mi pueblo. La ha levantado en una de las zonas viejas de la localidad; calles estrechas y por tanto casas estrechas pero profundas. Cuando mi hermana habló con el arquitecto y la decoradora (o diseñadora…ya no sé) sobre cómo había pensado aprovechar al máximo la luz natural del día y las corrientes de aire, y de paso ahorrar energía, éstos le comentaron que estaba “construyéndose una casa inteligente”. Y mi hermana les contestó, que de eso nada, que ella se estaba haciendo una casa de pueblo de las de toda la vida. Y a eso me refería yo en la entrada. Parece que ahora arquitectos e ingenieros vuelven un poco a esa lógica aplastante de aprovechar al máximo los recursos y crear casas que respondan a verdaderas necesidades de sus habitantes. Ha costado, pero volvemos a ello.

Sobre todo esto pensé hace un par de meses, cuando un arquitecto daba su charla en el seminario Medios de comunicación sin barreras, y cuando paseando por esa misma zona en la que ahora vive mi hermana, vi esas fachadas rebajadas en las esquinas para dejar el paso a los carros (ahora sirve para los coches), o esos rodapiés en esos mismos lugares para evitar también el roce de carruajes…que ahora, ya veis, siguen sirviendo para el mismo cometido, pero con automóviles. Y por eso se han renovado o incluso, en algunos casos, conservado y reintegrado en la nueva construcción.

Llamativas son también esas piedras colocadas en los lados de los marcos de puertas, que marcaban, junto con hendiduras en el suelo de la misma entrada, el camino que dichos carros y carruajes tenían que seguir para no estropear los demás elementos de la entrada de la casa, y que ahora se conservan como elemento decorativo en las más viejas. Así que como homenaje a aquella curiosa arquitectura práctica y sencilla, y a este pueblo que en breve voy a dejar (aunque tampoco me voy muy lejos, que en menos de una hora me vuelvo a plantar aquí), los fotografié. Aquí os dejo lo que para mi son los más representativos de estos elementos, para que ya quede ilustrado y claro lo que quería decir.


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