Preparando el terreno

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Preparar el terreno, ablandar la resistencia, son términos militares, pero perfectamente utilizables en la vida cotidiana, y se utilizan, concretamente en el reino, y para algo muy concreto: esa-cosa-denominada-Reforma-Laboral, algo que nació el año pasado con EL objetivo de reducir la tasa de temporalidad y que está sirviendo para llegar a un lugar denominado ‘Trabajo precario, barato y desprotegido’. Los senderos y vericuetos que la estrategia está siguiendo son sofisticados, e intrincados, pero los diseñadores del plan están consiguiendo su objetivo: cuentan con una aliada magnífica: la crisis sistémica.

El razonamiento es conocido: reduciendo (o eliminando) la protección que los contratos de trabajo tienen en cuanto a su interrupción por parte de los empleadores, reduciendo salarios y beneficios laborales según el momento en el que se halle el ciclo económico, facilitando en cuanto a normativa y abaratando en cuanto a cuantía el despido del trabajador, la demanda de trabajo aumentará y el desempleo se reducirá.

Bien, vamos a ver como están las cosas en España, vamos a ver cómo estuvieron en estos años pasados.

Ya que siempre se pone de ejemplo a Alemania, vayamos a Alemania. De entrada es más fácil para une empresa despedir en España que en Alemania, de salida el coste laboral en proporción para una empresa alemana es bastante mayor que para una empresa española, en medio el salario real medio en España creció, entre 1997 y el 2007, el 0,7%, muchísimo menos de lo que, en el mismo período, creció en Alemania.

El desempleo total y juvenil son en España los que son porque España no puede ocupar a la población activa que tiene (y eso que el número de personas que en España manifiesta que quiere trabajar es mucho más bajo que en otros países: ¡imaginen cual sería la tasa de paro en España si creciese la población activa!); y, ¿por qué no puede?, pues porque el modelo productivo español es muy intensivo en factor trabajo y precisa crecer para que la demanda de trabajo crezca, pero crecer así supone que la productividad caiga, lo que hace que la economía española pierda competitividad, razón por la que se quiere llegar hasta el fondo de la Reforma Laboral: se cree, equivocadamente, que España ganará competitividad precarizando el empleo, lo que hará que se produzca crecimiento vía exportaciones, que llevará a una mayor necesidad de factor trabajo, lo que logrará una reducción de la tasa de desempleo.

Es decir, más ocupación de trabajadores peor remunerados, desprotegidos y precarizados. Y para eso hace falta una Reforma Laboral que de a la demanda de trabajo los instrumentos necesarios para remunerar según conveniencia, flexibilizar regímenes internos según necesidades, despedir rápidamente y a bajo coste, eliminar trabas negociadoras, disminuir capacidades de protesta y diluir formas de lucha. Y quienes así piensan, piensan que así se reducirá la tasa de desempleo porque aumentará la demanda de trabajo (y los sindicatos nada argumentan en contrario). Pues no.

España está condenada (si no les gusta esta palabra pongan otra, total tanto da) a tener una tasa de paro elevada, muy elevada, elevadísima y a tener una tasa de subempleo demencial, a no ser que su población activa caiga en vertical. Históricamente ya ha sido así: la emigración española hacia Europa de finales de los 50, 60 y primeros 70 fue población activa que no podía ser ocupada por nadie en España, a la vez, en España el subempleo era rampante y los afortunados que podían hacían horas extras por un tubo, todo ello para conseguir un salario casi de subsistencia. Con esas realidades el Franquismo podía construir y ondear un estandarte con el 3% de desempleo. Pura falacia, ya.

En los años recientes, España ha podido mostrar una ‘fabulosamente buena’ tasa de paro … ¡del 7,8%! en el 2008 tras años de construir viviendas financiadas a crédito, de atender a 55 millones de turistas de bajo y muy bajo poder adquisitivo, de exportar el 80% de los automóviles de bajo valor añadido construidos aquí o el 80% de las frutas y verduras cultivadas en el país. La tasa de ocupación fue mejorando porque España crecía y se realimentaba el proceso, y entonces daba igual que el trabajador estuviese muy protegido o que el coste de los despidos fuese el que fuese: aún hacía falta más oferta de trabajo, por lo que se trajeron a cinco millones de inmigrantes.

El color político de los Gobiernos nacionales, regionales, locales dio lo mismo. ‘España iba bien’, ¿para qué cambiar nada?. Pero España crecía a base de sacrificar su productividad: entre 1990 y el 2007 la tendencia de la productividad española fue decreciente pero la de la inflación pujante, lo que llevó a que los salarios españoles aumentasen muy poco en términos reales. La caída de la productividad se ignoró: daba igual: lo importante era el volumen, y los bajísimos incrementos salariales también: se dio a la población capacidad de endeudamiento creciente.

¿Qué es España, en general, hoy?, pues una economía no competitiva debido a su patética productividad (ahora la productividad está creciendo en España: a medida que el desempleo del factor trabajo está aumentando); como consecuencia de la baja capitalización del PIB español: la inmensa mayoría de empresas españolas no invierten ni innovan porque no les sale a cuenta teniendo en cuenta el valor de lo que fabrican; y ahora, en ayuda de esas empresas: la mayoría de las españolas, viene la Reforma Laboral: como debido a la estructura del PIB español la productividad no puede aumentar, mejoremos la competitividad de las exportaciones a base de precarizar el factor trabajo (de las exportaciones: el consumo interno ya se da por liquidado debido a las caída de renta que ya se está produciendo y de las que vendrán).

Gran parte del PIB español es estacional, por ello la tasa de temporalidad es monstruosa: no fue casualidad que cuando ‘España fue más que bien’ la tasa de temporalidad alcanzase el 32% de la población ocupada, y eso no hay Reforma Laboral que lo revierta: para revertir eso tendría que cambiar la estructura del PIB español y eso, a las alturas de la Historia en que nos hallamos ya no es posible.

Si se continúa pensando en términos de ‘España’, si se sigue manteniendo la definición de desempleo ahora en uso, y si España ostenta la oferta de trabajo que ostenta, España ha de acostumbrarse a tener una tasa de desempleo total elevadísima y de desempleo juvenil galáctica (máxime si la edad de jubilación va siendo prolongada obligatoria o voluntariamente). Si se sigue pensando en términos de ‘todos juntos’ en España va a sobrar una cantidad enorme de población activa porque, pienso, pura y simplemente, mucha de ella no va ser necesaria: por mucho que se precarice el mercado de trabajo en España nunca España podrá competir en costes laborales con otras economías, máxime teniendo en cuenta que la tecnología cada vez es más barata por lo que cada vez es más factible automatizar fabricaciones de bienes de menor valor añadido.

En los ‘departamentos de sueños’ de los centros de estudios de las entidades que hacen la economía ya se está empezando a dejar de hablar de ‘desempleo’ y se está hablando cada vez más de ‘desempleo estructural’, ya saben: aquel que, según la realidad de cada momento no puede bajar. Y, ¿saben de qué nivel de desempleo estructural se está hablando que tendrá España después-de-la-crisis?, pues de un intervalo que se mueve entre el 14% y el 18%; recordarán que ya leyeron aquí algo sobre el 16%.

¿Alternativas?. Pienso que dos. O España reduce su población activa, o España deja de pensar en términos de España y pasa a pensar en clusters de actividad. En el primer caso España adaptará su modelo productivo -modificando lo que haya que modificar, claro: jamás volverán a construirse en España 850.000 viviendas en un año- a la realidad imperante asumiendo sus consecuencias: un acusado empobrecimiento medio aunque bastante uniformemente distribuido. En el segundo se delimitan zonas factibles, capaces, especializadas y muy, muy autónomas; lo que dará lugar a una España en geometría variable cuyo perfil se irá acusando con el tiempo (en línea con la Europa en geometría variable que ya se está perfilando) en la que zonas con una elevada generación de valor per cápita coexistirán con zonas de una menor generación de valor y con otras con una generación de valor muy reducida; y con un desempleo estructural muy elevado. En el otro lado una precariedad muy uniformemente distribuida y una apreciable miseria.

España es lo que es, en España hay lo que hay, distribuido como está, y en España se puede hacer lo que se puede hacer donde se puede hacer y cómo se puede hacer. Es decir, en España hay que hacer lo que hay que hacer. Evidentemente pude no hacerse nada, pero lo que es imposible es que se piense que toda España puede hacer lo que no puede. Y con la Reforma Laboral que se está cociendo y por el camino que se va, pienso, es por el de no hacer nada.

¿Y los demás países?, pensarán, tres cuartos de lo mismo; la diferencia radica en que las economías guays están menos-mal que la española. Ya, es una putada, pero como dijo el filósofo, ‘El futuro no es más que el pasado que regresa’, y el presente no deja de ser el futuro de ayer.

Santiago Niño-Becerra. Catedrático de Estructura Económica. Facultad de Economía IQS. Universidad Ramon Llull.

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