El Análisis: Economía mundial, avanzamos renqueando

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Mohamed A. El-Erian.

Recientemente, se reunieron en la sede de Pimco en California colegas de todo el mundo para celebrar nuestro Foro Secular anual, donde durante unos días dejamos atrás los asuntos más inmediatos y debatimos, en cambio, lo que los próximos entre tres y cinco años reservan a la economía mundial. La perspectiva es mundial, basada en las ideas de oradores exteriores, y está centrada en lo que es probable que ocurra, a diferencia de lo que debería ocurrir.

Según las proyecciones de los dos últimos Foros Seculares, después de la crisis financiera, la economía mundial no se reharía al modo cíclico tradicional, sino que afrontaba realineamientos multianuales de carácter tanto nacional como mundial.

La economía mundial se curaría, pero de forma lenta e irregular, a medida que las economías avanzadas fueran arreglándoselas mal que bien y el más dinámico mundo de los países emergentes fuera eliminando los desfases actuales de ingresos y riqueza.

Desde entonces, la evolución de los acontecimientos se ha ajustado a esa caracterización. La recuperación del G-7 ha sido excepcionalmente lenta, pese a la adopción de unas medidas públicas de estímulo de un tamaño sin precedentes (en particular en Estados Unidos).

A consecuencia de ello, el desempleo ha experimentado un gran aumento, y ahora supera al de las economías emergentes. Entretanto, los indicadores de déficit y deuda han empeorado, tanto en términos absolutos como relativos, en comparación con los de las economías emergentes y la prima de riesgo de la deuda de los países desarrollados supera ahora, por término medio, la de los emergentes.

Se trata de unos resultados que se han quedado muy cortos respecto de las esperanzas de las autoridades, tanto en EEUU como en Europa. De hecho, durante la mayor parte del período posterior a la crisis, todas ellas han estado comprensiblemente centradas en el estímulo del crecimiento.

Algunas han adoptado incluso políticas explícitas encaminadas a impulsar los precios de los activos (por ejemplo, la segunda ronda de la llamada relajación cuantitativa de la Fed). Sin embargo, junto con una inflación buena de los precios de los activos, encaminada a hacer que la población se sienta más rica y gaste más, esos planteamientos han creado una inflación mala, debida al aumento repentino de los precios de los productos básicos, que representa un impuesto tanto para los insumos como para los consumidores.

En Europa, se ha recurrido a todos los balances generales disponibles para impedir una crisis de la deuda en la periferia, a consecuencia de lo cual se han preparado grandes planes de rescate para Grecia, Irlanda y Portugal y se ha terminado contaminando el balance general del BCE.

Con miras al futuro, algunas señales apuntan a una curación acelerada y una resistencia en aumento de la economía mundial, lo que constituye un buen augurio para un abandono ordenado de las políticas no tradicionales.

También hay señales que indican que el arranque de las economías emergentes es sólido y que China, en particular, podrá sacar adelante su complicada transición hacia un desarrollo de las clases medias.

Lamentablemente, otras señales apuntan a una recuperación mundial irregular y tambaleante. En las economías avanzadas, las tasas de crecimiento proyectadas no son suficientes para evitar la acumulación de deuda y de problemas de déficit. En el caso de algunos países, como por ejemplo Grecia, eso entraña unas disyuntivas aún más difíciles entre la reestructuración y la socialización de las pérdidas.

En el caso de otros, como EEUU, ya son necesarios sacrificios futuros, muy probablemente mediante una combinación de una mayor inflación, austeridad y represión financiera, al intentar los gobiernos imponer a los ahorradores tasas reales negativas de rentabilidad. Huelga decir que las transiciones demográficas, las limitaciones de productos básicos y las incertidumbres geopolíticas complican todo este panorama.

Lo más importante es que los saldos de demasiados gobiernos y familias siguen desequilibrados en una economía mundial basada excesivamente en los activos. A consecuencia de ello, muchas promesas ya antiguas se verán sometidas a presiones a lo largo de entre los tres y los cinco próximos años.

Concretamente, diversos contratos sociales -por ejemplo, los derechos de atención de la salud y las pensiones, además de las prestaciones por desempleo- se verán sometidos a mayores tensiones. En la escena internacional, la posición de los bienes públicos suministrados por EEUU (incluido el dólar como divisa de reserva mundial) afronta una erosión gradual.

En la medida en que esa hipótesis se cumpla, en los próximos años seguirá predominando la misma dinámica con varias velocidades que hemos visto recientemente. En concreto:

Las economías avanzadas afrontarán un crecimiento lento (de un 2 por ciento, digamos) y un desempleo persistentemente elevado, cada vez más estructural y, por tanto, prolongado. Las disparidades, ya grandes, de ingresos y riqueza seguirán intensificándose, amplificadas por una mayor inflación y represión financiera, y seguirá habiendo motivos de preocupación por la deuda y el déficit, con la certidumbre casi completa de que habrá al menos una reestructuración de la deuda soberana en Europa.

Las economías emergentes lograrán un mayor crecimiento (de un 6 por ciento, más o menos) y sus niveles de ingresos y riqueza seguirán convergiendo con los de las economías avanzadas, pero con ello crearán sus propias dificultades, incluidas presiones inflacionistas recurrentes y aumentos repentinos de las entradas de capitales, lo que propiciará un mayor grado de experimentación en las políticas.

– La solvencia crediticia de las deudas soberanas seguirá divergiendo, con un mayor deterioro de los países avanzados y una continua mejora en los mercados emergentes.

La convergencia en materia de inflación -entre las tasas altas del general y las tasas bajas de la subyacente, como también entre tasas altas en los mercados emergentes y bajas en los países avanzados- alcanzará niveles mayores de lo actualmente previsto.

La economía mundial global avanzará renqueando, al continuar con su transición gradual de un mundo unipolar a otro multipolar.

Esta hipótesis básica está sujeta a riesgos de dos clases que muy bien podrían aumentar con el tiempo. En la nota positiva, los EEUU podrían vivir un momento sputnik: una sensación de unidad nacional, propósito común y sacrificio compartido propiciaría la adopción de reformas estructurales que se centren en el realineamiento de los balances generales a medio plazo, el aumento de la creación de empleo y la mejora de la competitividad. Europa podría reorganizar la zona del euro para permitir la sostenibilidad de la deuda y un gran crecimiento económico. Y las economías emergentes podrían liberar a sus consumidores, con lo que impulsarían la demanda mundial.

Las probabilidades de semejantes pactos ambiciosos han aumentado en los últimos meses, pero a estas alturas sólo pueden contrarrestar, en el mejor de los casos, los riesgos de contracción en el panorama general. Por encima de todo, los pasivos se han trasladado simplemente de un punto a otro de la economía mundial, cosa que no puede continuar indefinidamente.

Entretanto, unas desigualdades excesivas en materia de ingresos y riqueza están debilitando el tejido de las sociedades; un desempleo persistente en los países avanzados está socavando la productividad y las aptitudes; la eficacia y la flexibilidad de las políticas se están deteriorando y la economía mundial está afrontando dificultades cada vez mayores para adaptarse a la fase de arranque del desarrollo en las economías emergentes y sistémicamente importantes.

Los realineamientos multianuales son complicados, sobre todo cuando se producen simultáneamente en los niveles nacional y mundial y cuando, como ocurre actualmente, está en marcha una dinámica de crecimiento, inflación y crédito con diferentes velocidades. Los parámetros se vuelven variables; las reparaciones de los balances generales avanzan de forma lenta e irregular y las autoridades experimentan un incómodo cambio en el saldo de beneficios, costes y riesgos.

Por mucho que deseemos una perspectiva más tranquilizadora, la economía mundial seguirá excepcionalmente inestable en los próximos años. Lo que parece un mundo sistémicamente interconectado resultará estar también cada vez más fragmentado intelectualmente, con una deficiente gobernación mundial y coordinación de políticas. Se trata de una economía mundial que se debe pilotar cuidadosamente para que quienes intenten beneficiarse del cambio no resulten víctimas de él.

Via: elEconomista.es

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